Los libros conducen irremediablemente a otros libros. Durante el invierno de 2005, pasé una temporada como profesor visitante en la Universidad de Cornell. Al mismo tiempo, preparaba la investigación para la novela que habría de convertirse en No será la Tierra, una historia sobre cinco mujeres a la sombra del fin de la Unión Soviética y el triunfo del capitalismo. Por alguna razón, se me metió en la cabeza incluir entre mis personajes a Theodor Kaczynski, el Unabomber, ese brillante y lunático terrorista que durante años se dedicó a enviar paquetes bomba hasta que fue detenido, sucio y barbado como un cavernícola, en una siniestra casucha de Montana.
Al final, el Unabomber no apareció en mi novela, pero la posibilidad me hizo buscar un peculiar libro de Alston Chase, titulado Harvard and the Unabomber: The Education of an American Terrorist (2003), donde éste narraba que, cuando era un prometedor —e inadaptado— estudiante en Harvard, Kaczynski participó como voluntario en un experimento psicológico conducido por uno de sus profesores, llamado Henry Murray. Al parecer, su conversión en conejillo de indias lo dejó severamente perturbado durante años, hasta el punto de que hay quien ve en este hecho una premonición de su futuro terrorista. Chase no se limitaba a narrar este episodio, sino que se detenía a resumir la insólita vida sentimental de Murray, vinculado con una de sus amantes en un sobrecogedor experimento vital al que denominaban la Díada.
Fue así como oí —más bien leí— por primera vez el nombre de Christiana Morgan. Su historia continuó revoloteando en mi cerebro a lo largo de varios años, hasta transformarse en una obsesión —en un virus— que me obligó a rastrearla hasta el final. En 2007 conseguí al fin la biografía que Claire Douglas —para más coincidencias literarias, ex esposa de J. D. Salinger— le dedicó a Christiana, Translate This Darkness (1993), así como la que Forrest G. Robinson, Love’s Story Told (1992), consagró a Murray.
Siguiendo el hilo dejado por ellos, en 2009 obtuve un nombramiento como investigador visitante en la Universidad de Harvard, el cual me permitió introducirme en sus bibliotecas y archivos, donde se conservan numerosas cajas con los papeles de Henry y de Christiana. Sin embargo, hasta que no pude admirar de cerca los hermosos cuadernos de visiones dibujados por ella —algunas de cuyas imágenes se reproducen aquí—, no supe que su vida ya no podría estar desligada de la mía.
Nuestro cerebro no distingue a los personajes de ficción de las personas reales. Debido a ello, no sólo estamos habitados por nuestros familiares, amigos y enemigos, sino por cientos de figuras ficticias que, por obra de nuestras neuronas espejo, se tornan tan auténticos como ellos. Desde que leí su nombre por primera vez en 2005, hasta el día de hoy, he pasado infinitas horas en compañía de Christiana. Mientras escribía esta novela sobre sus abismos y obsesiones —y sobre la Díada—me fui transformando, poco a poco, en ella y, al hacerlo, descubrí otras formas de ser yo mismo. Éste es el gran poder de la ficción, el gran poder de la literatura. Christiana Morgan, sin duda, c’est moi. Espero, querido lector, querida lectora, que tú también te conviertas en ella. Y que, al menos por un instante, ella regrese a la vida gracias a ti.











